Cansada de obedecer, había encerrado a su marido en el horno, solamente
hasta que tuviese que abrirle para meter el pollo….mientras pelaba cebollas
aprovechaba para llorar un poco, y recorrió toda su vida, de atrás para
adelante, y se detuvo en su último cumpleaños que había celebrado con su
familia, la que ahora no quería verla, porque después de lo de su
hermana ya nadie la volvió a llamar, ni a regalar nada, ni a querer…llorar era
una forma de liberarse pero no solucionaba nada.
Mientras lavaba el cuchillo, saltó una chispa del calefón que le hizo
pensar que ojalá todo volase por los aires, como si nada. Y de repente se dio
cuenta, de nuevo, de la chispa, y del terror dejó caer el cuchillo que le
atravesó el pie izquierdo…y entonces quiso reaccionar rápido y se paralizó…la
chispa, el calefón, el horno, su marido, la vida, la puerta del horno que nunca
abría bien, el horno que perdía gas, el marido de nuevo tratando de romper el
vidrio con los puños….la herida en el pie le hizo sentir finalmente que ya no podía vivir con todo eso, pero...por suerte….la vida, el
gas que se acabó, la puerta del horno rota, su marido estirado a sus pies,
exhausto, la miraba, su mano había caído sobe su empeine y le arrancó el cuchillo clavado...ella se estremeció,
se dejó caer, a su lado, él la seguía mirando ahora con una media
sonrisa….”querida…te dije que no era un buen día para comer pollo, nunca me
haces caso”.
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