Hoy volví a lo pequeño, a los detalles cotidianos que dan paz, a la esencia misma de la vida.
Hoy salí y caminé por la acera del sol, atravesé el parque, observé una abuela intentando columpiar a su nieto, que le pedía más y más. Entré al bazar de los sueños, donde todo es posible, y me llevé la planta de lavanda, aún dudando de que quizá no tendrá suficiente sol en mi ventana, veremos.
Deambulé por la librería ojeando libros que no me iba a comprar, sus tapas, sus ilustraciones, títulos curiosos que leía como mensajes para mí, para mi momento. Y en ese andar, observar, fui abriendo mi percepción y la vida me iba diciendo, bienvenida, estás volviendo.
Bajé por otra calle, descubrí un edificio antiguo que nunca había visto; al girar encontré mi bar preferido, uno que tiene vistas al puente y al cielo, pensé que si lo reformasen se llenaría de guiris que vienen del Güell, mejor así, destartalado y feo, con ese ventanal enorme, como un barco.
Reconocí mi calle, saludé a mi verdulero, a mi vecina con su perro, me sentí en casa, de nuevo.