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martes, julio 22

Tierra frágil

Todas las personas deberían tener la posibilidad de viajar al menos una vez en su vida a una selva virgen. Yo lo hice al Yasuní, en el 2013, durante el viaje sentíamos que estábamos viajando al corazón mismo del planeta, allí donde se generan sus latidos, habíamos navegado doce horas desde El Coca y tres horas más desde Rocafuerte!!...¡¡Qué lejos y qué adentro!!. Desembarcamos en la comunidad de Llanchama y, a pesar de sentirnos turistas caminando con las botas llenas de barro hasta las rodillas sin saber cómo sacarlas, también nos sentíamos como en casa, porque la comunidad era una escuela en sí misma, una escuela de vida, una muestra de equilibrio con la naturaleza. Al día siguiente, cerca de nuestras cabañas, una familia renovaba su techo de palma, unos niños jugaban y abrazaban a un monito que habían adoptado, decían, porque se perdió de su familia; cerca del río, otra familia daba forma de barca a un árbol talado. El bosque ofrecía todo, las personas que allí vivían eran un ser vivo más de ese gran sistema, vivían de él y de él dependían. Durante los días que vivimos en Llanchama, se nos hacía difícil pensar ni siquiera en la existencia del petróleo;  no parecía que ese rincón del mundo fuese a cambiar nunca, eso pensamos hasta que vimos, navegando por el río, una caja de plástico flotando y, detrás de ella, cucharas, una botella, papel; nos dijeron que el campamento petrolero estaba cerca, supimos entonces que esa cajita desechable llevaba en su genética la semilla que iba a desequilibrar aquella inmensa, frondosa pero frágil tierra.


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