Todas las personas deberían tener la posibilidad de
viajar al menos una vez en su vida a una selva virgen. Yo lo hice al Yasuní, en
el 2013, durante el viaje sentíamos que estábamos viajando al corazón mismo del
planeta, allí donde se generan sus latidos, habíamos navegado doce horas desde
El Coca y tres horas más desde Rocafuerte!!...¡¡Qué lejos y qué adentro!!.
Desembarcamos en la comunidad de Llanchama y, a pesar de sentirnos turistas
caminando con las botas llenas de barro hasta las rodillas sin saber cómo
sacarlas, también nos sentíamos como en casa, porque la comunidad era una
escuela en sí misma, una escuela de vida, una muestra de equilibrio con la
naturaleza. Al día siguiente, cerca de nuestras cabañas, una familia renovaba
su techo de palma, unos niños jugaban y abrazaban a un monito que habían
adoptado, decían, porque se perdió de su familia; cerca del río, otra familia daba
forma de barca a un árbol talado. El bosque ofrecía todo, las personas que allí
vivían eran un ser vivo más de ese gran sistema, vivían de él y de él dependían.
Durante los días que vivimos en Llanchama, se nos hacía difícil pensar ni
siquiera en la existencia del petróleo; no parecía que ese rincón del mundo fuese a
cambiar nunca, eso pensamos hasta que vimos, navegando por el río, una caja de
plástico flotando y, detrás de ella, cucharas, una botella, papel; nos dijeron
que el campamento petrolero estaba cerca, supimos entonces que esa cajita desechable
llevaba en su genética la semilla que iba a desequilibrar aquella inmensa,
frondosa pero frágil tierra.
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