Martiza
es la persona que más pájaros ha visto en el hotel…más que cualquier biologo
extranjero que siempre está de paso…desde la cocina ella domina con la mirada el
entorno lleno de verbenas y árboles de papaya florida, a los que van todos los
colibrís…la colibrí coquette, tan dificil de ver por muchos, es bien conocida
por Martiza, ella conoce su rutina, su forma de comportarse…sus hábitos…es
parte de su rutina de la mañana, de los días en que Maritza prepara el desayuno
para aquellos “pajareros” que van a visitar el parque temprano.
Mientras
prepara los ingredientes de su ají casero, me cuenta que está construyendo una
casita…con mucho esfuerzo, lentamente, pero sin pausa…se compraron un terrenito
cerca de yantzaza, porque el terreno era más barato allá…para tener algo
nuestro, por si algún día ya no nos quieren más aquí…dice sonriente. En estos
países latinoamericanos la gente es más consciente de lo impermanente, de que
lo que ahora tienes, puede que mañana ya no esté…y se vive más cerca del
cambio, mecidos por el ritmo de la vida…tanto si resulta bien como si viene
torcida.
A
Martiza le gusta explicar los caminos que su tierra ofrece a los turistas, los
pájaros que allí llegan…está siempre atenta a que haya comida suficiente para
los tangaras, colocando varios bananos abiertos por la mitad en la zona
destinada cerca del comedor. Orgullosa de formar parte de un proyecto donde “nada
se tira, todo se aprovecha”, ofrece un bidón de agua para rellenar las botellas
que traen los que vienen de fuera…”para que no se consuma tanto plástico”,
dice.
Es
evidente su calma y su dominio de todo, es una mujer bien plantada en la húmeda
tierra del bombuscaro, bien arraigada en lo que hace, como una orquídea salvaje
que no es consciente de lo hermosa que es ni de cuánto aporta con su belleza al
entorno…una vida más, otra vida única.
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